El 13% de las personas que quieren comprar una casa planea mudarse a un municipio de menos de 10.000 habitantes. Son jóvenes de 35 años, solteros y con ingresos medios que han encontrado en la España vaciada la única salida a un mercado inmobiliario que les ha cerrado todas las puertas.
España tiene un problema de vivienda que lleva años agravándose y que ya ha cambiado la forma en que sus jóvenes entienden su futuro. Comprar un piso en Madrid, Barcelona o Málaga es, para la mayoría de quienes tienen menos de 40 años, una misión imposible. Alquilarlo en solitario tampoco es viable: quienes se emancipan solos destinan de media el 98,7% de su salario a la vivienda.
El resultado es una generación atrapada: solo el 14,5% de los jóvenes de entre 16 y 29 años ha logrado independizarse, y la edad media de emancipación ha subido hasta los 30 años, frente a los 26 de la media europea. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 44,3% de los jóvenes de entre 26 y 34 años seguía viviendo en el hogar familiar en 2025.
La generación anterior pudo comprar pisos, coches y hasta segundas residencias con salarios medios. Hoy eso es una utopía. Ante la escasez de vivienda y la fuerte demanda, el precio de la vivienda en compra escaló un 14,7% interanual en el último año, y el del alquiler un 10,9%, según datos de Bankinter, mientras los salarios de los menores de 35 años apenas han crecido en términos reales.
A esto se le une la masificación de las ciudadades, que se han convertido en urbes que albergan personas por encima de sus capacidades, con altos niveles de contaminación y donde no es posible encontrar el descanso y la desconexión que si hay en el campo. Por todas estas razones, cada vez son más jóvenes los que cambian las ciudades por pueblos deshabitados donde adquirir una vivienda aún no se ha convertido en un lujo inalcanzable.
El pueblo como solución
En España siempre ha sido tradición ir al pueblo en verano. Todos los niños tenían pueblo, y aquellos que no tenían iban con sus amigos al pueblo de los abuelos. Los más jóvenes disfrutaban de aquellos núcleos alejados del mundanal ruido de las ciudades durante sus vacaciones. Aquellas tardes de baños en el río con un bocata de choped de merienda y risas y juegos con los primos.
Ahora esos niños son adultos que ven muy complicado el adquirir una vivienda en las grandes ciudades, por lo que están iniciando un éxodo inverso al que hicieron sus abuelos y padres regresando a pequeños municipios donde comprar una casa no supone un esfuerzo hercúleo.
En este contexto, una parte de la generación que debería estar comprando su primer piso en la ciudad ha empezado a mirar hacia otro lado. Según un estudio de Fotocasa Research realizado en el primer semestre de 2026, el 13% de los demandantes de vivienda en España prevé trasladarse en los próximos meses a un municipio de menos de 10.000 habitantes. No son jubilados que buscan tranquilidad. Son personas jóvenes, en plena etapa laboral, con un proyecto de vida todavía por construir.
El perfil que dibuja el estudio es preciso: tienen una edad media de 35 años, ingresos de entre 1.000 y 3.000 euros mensuales, y en muchos casos siguen viviendo con sus padres.
Proceden mayoritariamente de Cataluña (22%), Andalucía (19%) y Madrid (18%), y lo más revelador de estos datos es que la mayoría no viene de grandes capitales, sino de ciudades medianas: el 44% reside actualmente en municipios de más de 50.000 habitantes que no son capital de provincia. Son personas que ya han dado un paso atrás respecto a la gran ciudad, y ahora están dispuestas a dar otro.
Un cambio generacional, no una moda
"La imagen tradicional de la repoblación rural está cambiando. Hoy quienes quieren instalarse en un pueblo son, principalmente, personas jóvenes, en plena etapa laboral y con un proyecto de vida por construir", explica María Matos, directora de Estudios y portavoz de Fotocasa.
Matos explica que este fenómeno demuestra que el medio rural empieza a consolidarse como una alternativa residencial real, aunque advierte de que "para que esta oportunidad se traduzca en una recuperación demográfica real, será imprescindible seguir impulsando el empleo, los servicios, la conectividad y las infraestructuras que permitan atraer y fijar población de forma estable".
El dato de la edad lo dice todo: los más jóvenes, de entre 18 y 24 años, son el 23% de los que planean mudarse a una zona rural, mientras que los de 25 a 34 años representan el 38%. Son franjas de edad que en otros tiempos habrían sido las primeras en buscar piso en la ciudad. Hoy son las primeras en renunciar a esa posibilidad.
La fórmula de convivencia más frecuente entre quienes planean hacer este cambio es vivir con pareja e hijos (31%) o con los padres (30%), lo que refuerza la lectura de que muchos de estos movimientos no son una elección puramente vocacional, sino también una respuesta a la imposibilidad de acceder a una vivienda digna en entornos urbanos.
La España vaciada como válvula de escape
Lo que durante décadas fue un problema —el despoblamiento rural, la fuga de jóvenes hacia las ciudades— se convierte ahora, paradójicamente, en una oportunidad. Los pueblos tienen viviendas disponibles y asequibles.
Lo que no ofrecen, en muchos casos, es empleo estable, servicios sanitarios de calidad, colegios, conexión a internet de alta velocidad o transporte público, pues al tratarse de lugares despoblados no se han implementado mejoras en estos servicios básicos. Ese es el nudo que hay que desatar para que el fenómeno neorrural pase de ser una tendencia estadística a convertirse en una solución real al problema de vivienda que tiene España.
Por ahora, los datos apuntan a que hay una generación dispuesta a intentarlo. Una generación golpeada por crisis constantes que no pide lujos: pide poder vivir de forma digna e independiente, tener un techo propio y construir un futuro. Y que ha llegado a la conclusión de que, en la España de 2026, eso puede ser más fácil en un pueblo de Teruel o de Cuenca que en cualquier barrio de las grandes ciudades.