Desde la Amazonia ecuatoriana, Pucha y su familia han creado un banco de semillas y un "laboratorio vivo" clave para salvar especies vegetales amenazadas, sin apoyo institucional.
En un viaje reciente a la selva amazónica ecuatoriana, Ramón Pucha se dio cuenta de que alguien le seguía el rastro. Nuevas huellas de puma marcaban ahora el sendero junto a sus propias pisadas. Impasible, siguió avanzando, concentrado por completo en la valiosa carga que llevaba, semillas de algunas de las especies vegetales más amenazadas del mundo.
Durante años, Pucha y su familia han reconstruido su propio pedazo de selva con especies rescatadas en una finca de 32 hectáreas llamada El Picaflor, en la comunidad indígena quichua de Alto Ila, a 128 kilómetros al sureste de la capital, Quito.
"Siento pasión por la naturaleza, por las plantas, por los animales", cuenta Pucha, de 51 años, y explica que su empeño en proteger el entorno es tan intenso que muchos en su comunidad le consideran loco.
Salvar la Amazonia, semilla a semilla
Para salvar las especies vegetales amenazadas, Pucha se interna en lo más profundo de la selva, a menudo solo, durante periodos de hasta cinco días. En más de una ocasión, cuenta que ha regresado con las manos vacías porque, como consecuencia del cambio climático y de las graves sequías en toda la región, muchos de los grandes árboles han dejado de producir semillas cada año.
Cuando las semillas llegan a casa, la esposa de Pucha, Marlene Chiluisa, toma el relevo. Las siembra en tierra adecuada y con compost para que empiecen a crecer y se conviertan en plantas que luego se vuelven a plantar en la selva. La familia incluso comparte los frutos de su trabajo, vende o regala una parte de las plantas a vecinos comprometidos con la regeneración del bosque.
Jhoel, el hijo de 21 años de la pareja, ha asumido el papel de su padre como sucesor de la familia. Experto botánico, se mueve por el bosque identificando las plantas con soltura por sus nombres comunes, tradicionales y científicos. También ejerce de guía, y cruza a los visitantes el turbulento río Ila en una precaria embarcación hecha con tablones de madera sujetos a una boya.
Sin embargo, pese a todo su esfuerzo, la lucha de la familia sigue siendo solitaria. "Nadie nos da ningún incentivo, ni el Gobierno, ni las fundaciones, ni nadie", lamenta Chiluisa. El Ministerio de Agricultura y Ganadería de Ecuador reconoce la importancia del trabajo de la familia y considera El Picaflor un "laboratorio vivo" y un banco de semillas vital en una zona marcada por 50 años de tala constante.
Aunque Ecuador fue el primer país en reconocer los "derechos de la naturaleza" en su Constitución, esa reputación está ahora en riesgo. Ecologistas y grupos indígenas advierten de que la decisión del presidente Daniel Noboa de fusionar el Ministerio de Ambiente con el Ministerio de Energía y Minas pone en peligro precisamente el paisaje que la familia intenta salvar.
Ese es mi legado
Mientras recorre la propiedad, que antes fue un pastizal yermo, Pucha se detiene a observar las plantas y va describiendo la función específica de cada una.
Se le iluminan los ojos cuando señala un pequeño árbol en crecimiento que, asegura, ya es raro en la zona, una especie de madera fina que alcanzará la madurez dentro de 100 años. Aunque sabe que nunca lo verá completamente desarrollado, sigue entregado a su misión.
"Ese es mi legado para mis hijos y para la humanidad", dice, y subraya que estas especies son esenciales para la supervivencia de la Amazonia, sirven de medicina para las personas y de alimento para los animales que vuelven a plantar de forma natural el bosque.