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El olivo echa raíces en el búnker postapocalítico de Svalbard

Vista exterior del Banco Mundial de Semillas de Svalbard en Longyearbyen, su principal localidad, el 2 de marzo de 2016
Vista exterior del Banco Mundial de Semillas de Svalbard en Longyearbyen, su principal localidad, el 2 de marzo de 2016 Derechos de autor  Heiko Junge / NTB scanpix vía AP
Derechos de autor Heiko Junge / NTB scanpix vía AP
Por Javier Iniguez De Onzono
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Tras dos décadas -y 6.500 simientes germinadas- desde la inauguración de la Bóveda Global de Semillas, la isla enclavada en el corazón del Ártico se prepara para acoger el árbol más característico de todo el Mediterráneo y sus regiones colindantes, desde el Sahara Occidental hasta la Franja de Gaza.

La vida en Longyearbyen no ofrece demasiadas sorpresas. Este remoto enclave es el municipio más poblado de Svalbard, el archipiélago ártico con bandera noruega, y cuenta con menos residentes humanos (2.528, según el censo de la web del Instituto Nacional de Estadística de Noruega) que osos polares en sus inmediaciones: una cifra estimada en 2.650 ejemplares en todo el mar circundante de Barents.

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Salvo por las incursiones con estos animales, una prístina y sobria naturaleza nival, auroras boreales y una larga temporada en la oscuridad polar, residir en Svalbard ofrece pocas sorpresas. Sin embargo, tras 2008, la llegada de un búnker de aspecto futurista situado a pocos kilómetros del aeropuerto de la isla revolucionó no solamente la vida de sus habitantes, sino de toda la humanidad.

El Banco Mundial de Semillas de Svalbard (también conocido como la Bóveda Global) se creó con un objetivo crucial: conservar el máximo número posible de angiospermas y gimnospermas en caso de catástrofe natural, antropocéntrica o extraterrestre. Las plantas están custodiadas por el Gobierno noruego en una instalación soterrada a centenares de metros y a prueba de terremotos o ataques nucleares.

Ahora, un proyecto conjunto entre las universidades de Córdoba, Granada, el Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF-INIA) gubernamental, el CSIC, el Ministerio de Agricultura, la FAO de Naciones Unidas y el Consejo Oleícola Internacional (COI) han llevado muestras de semillas de olivo hasta unas latitudes desconocidas para este árbol característicamente mediterráneo.

Las 500 semillas de esta planta enviadas a Svalbard y representativa del sur de Europa a lo largo de su historia, paisajes y literatura clásica proceden del banco de germoplasma de Córdoba. Este lote incluye 50 variedades autóctonas de diferentes países con tradición olivarera: España, Portugal, Marruecos, Italia, Francia, Grecia, Túnez o Turquía. Entre ellas viajarán algunas de las más apreciadas por los consumidores de aceite de oliva vírgen extra español, como la aceituna picual o la hojiblanca.

Los frutos enviados se recogieron entre octubre y noviembre de 2024 y se sometieron a un proceso de desecado y congelación para garantizar su conservación a largo plazo, tras determinar su viabilidad en las condiciones del búnker ártico. Un proceso complejo donde se entremezcla la ciencia y la diplomacia y que ha requerido la coordinación de las instituciones universitarias, los laboratorios científicos y las organizaciones nacionales y supranacionales mencionadas.

Esta iniciativa tiene su origen, por parte de España, en 2022. Este fue el primer año en el que el CRF-INIA incorporó variedades procedentes del Estado oriental de la Península Ibérica. Las semillas que se envían, no obstante, no transfieren su propiedad a Noruega y las entregan en usufructo: solamente España -o cualquier país que participe en esta titánica pero crucial tarea- podrá recuperar las que envíe si lo requiere.

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