Las precauciones de seguridad fuera de la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC) han sido las habituales: barreras, fuerte presencia policial y controles meticulosos. Pero, respecto al debate nada ha sido igual.
Cuando sopló el primer viento de cambio en 1989, simbolizó la promesa de un orden mundial unido y liberal. El fin de la bipolaridad parecía el triunfo de la democracia y el comienzo de una era en la que Occidente determinaba las reglas del juego mundiales.
Durante tres décadas, este optimismo fue el viento de cola de Europa. Hoy, al término de la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich, el viento ha cambiado. Nos está golpeando de frente, y ya no viene sólo del Este. Viene del propio Occidente y está sacudiendo la estática de nuestra estructura de seguridad más que nunca.
Rivalidad entre superpotencias
Por primera vez desde que se fundó la OTAN, no existe una respuesta común a la cuestión de sus cimientos. Antes se discutía sobre el cómo de la cooperación. Hoy, la cuestión es si se coopera o no. El canciller alemán Friedrich Merz lo resumió en Múnich al afirmar que la pretensión de liderazgo de Estados Unidos estaba "en entredicho, quizás ya en juego".
Fue el diagnóstico más claro hasta la fecha de Berlín sobre un mundo que se caracteriza cada vez más por la cruda rivalidad de las superpotencias. Lo sorprendente fue el poco espacio que ocupó este año el debate sobre China, como si Occidente, en estado de shock, se centrara casi exclusivamente en la erosión de su propio eje. Para sobrevivir en esta nueva era, Europa debe desprenderse de tres peligrosas ilusiones.
Ilusión 1: Euforia transatlántica en lugar de realidad estratégica
La ovación en pie que recibió el sábado por la mañana el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio satisfizo el profundo anhelo de fiabilidad de muchos europeos.
Su encantadora confesión de que Estados Unidos es "hijo de Europa" y que "Washington quiere una Europa fuerte e independiente" provocó un suspiro de alivio casi desesperado. Pero la nostalgia no es un concepto de política de seguridad.
Las palabras de Rubio no deben ocultar la realidad: La política exterior estadounidense sigue hoy una lógica fría y transaccional. Y en la actual Administración rige una verdad muy simple: al final, sólo una persona es decisiva: Donald Trump.
Lo que los representantes del Gobierno afirman en los escenarios internacionales tiene una importancia secundaria. El poder de decisión final y la imprevisibilidad residen únicamente en el Despacho Oval.
Cualquiera que hable hoy de amistad en Múnich está pasando por alto el hecho de que el sentimentalismo diplomático da paso inmediatamente a la lógica inflexible de 'América primero' cuando se trata de cuestiones como los aranceles comerciales, la competencia tecnológica o las subvenciones.
En un año de elecciones en Estados Unidos, los tonos amistosos suelen ser política simbólica, no una garantía. Europa debería dar la bienvenida a un estilo más cortés, pero seguir adelante con su autonomía estratégica sin perder un ápice de coherencia. Las buenas palabras no aseguran las fronteras; sólo nuestra propia fuerza lo hace.
Ilusión 2: Europa marcha unida o no marcha en absoluto
El segundo autoengaño es la idea de que la capacidad de acción europea sólo puede lograrse mediante la unanimidad. En Múnich, Merz pidió, con razón, que se pusiera fin a la "inmadurez autoinfligida" y que por fin se tomara en serio la pretensión de liderazgo de Europa. Sin embargo, la realidad de la UE es dinámica: las mayorías gubernamentales cambiantes implican que siempre habrá rebotes.
Quienes esperen al mínimo común denominador en esta situación nunca liderarán en la era de las grandes potencias. Europa necesita un núcleo de Estados dispuestos a impulsar la autonomía estratégica: una Europa de varias velocidades capaz de pasar a la acción.
Hoy, ese motor debe buscar sobre todo la asociación con los Estados del noreste de Europa. Allí donde la amenaza se siente más directamente, existe la mayor claridad estratégica. Este núcleo debe crear hechos: militarmente, tecnológicamente y en términos de política industrial. No se trata de una visión romántica, sino de la condición sobria para la viabilidad de la idea europea.
Ilusión 3: Las alianzas son para la eternidad
Una alianza solía ser una promesa. Hoy es un acuerdo temporal. Tenemos que alejarnos de la nostalgia sentimental y reconocer las alianzas por lo que han llegado a ser: alianzas de conveniencia impulsadas por intereses.
Las alianzas sólo sobreviven si ofrecen un claro valor añadido estratégico y se basan en una 'realpolitik' compartida. El canciller Merz tendió la mano a Washington, pero la supeditó inequívocamente al cumplimiento del Estado de Derecho y las libertades civiles.
Estos valores ahora se cuestionan abiertamente al otro lado del Atlántico. Las alianzas son herramientas, no zonas de confort moral. Quienes las entiendan de otro modo serán los primeros decepcionados y vulnerables.
Conclusión: el valor de afrontar la realidad
El mayor cambio geopolítico del pasado fue el colapso del bloque del Este. El mayor cambio actual es la transformación de Occidente en sí mismo. El viento ha cambiado, y viene de direcciones que durante mucho tiempo creímos seguras.
Europa dispone de enormes recursos: poder económico, capital intelectual, experiencia diplomática. Sin embargo, este potencial no debe utilizarse sólo retóricamente, sino que hay que darle un uso real.
Vivimos en una época en la que la fiabilidad ya no es una constante, sino que se renegocia a diario. Independientemente de la retórica de Múnich, el foco estratégico de Estados Unidos sigue siendo el Indo-Pacífico.
En 2026, el liderazgo significa esperar esta verdad de nuestra propia gente: Estamos solos en gran medida. Esto no es motivo de pesimismo, sino una llamada de atención.
No estamos indefensos, siempre que reunamos el valor necesario para impulsar nuestras capacidades de Defensa y nuestra autonomía estratégica con la coherencia que hemos olvidado durante décadas.
Al aumentar su gasto en Defensa al 5%, Alemania envía una señal inequívoca en este sentido. Quienes esperen el viento de ayer zozobrarán en esta tormenta. Los que la aprovechen para fijar su propio rumbo podrán sobrevivir. Es hora de "un viento de cambio 2.0".