En Kawasaki, cerca de Tokio, las calles se llenaron el domingo para celebrar el festival anual de la fertilidad de Japón, el Kanamara Matsuri. Turistas, parejas y familias se congregaron para ver desfiles con coloridos altares en forma de falo, dulces rosas y música animada.
Esta cita primaveral se remonta al periodo Edo, cuando la leyenda habla de un demonio vencido por un falo de hierro forjado por un herrero local. Hoy, una escultura de acero preside el santuario de Kanayama, dedicado a la fertilidad, el parto y la protección frente a infecciones. El sacerdote principal, Hiroyuki Nakamura, explica que la celebración busca cuestionar los tabúes en torno al sexo y poner de relieve los ciclos naturales de la vida.
Pese a la caída de la natalidad, el tono festivo y la diversidad del evento transmiten un mensaje sencillo: la apertura y el sentido del humor favorecen los vínculos más que el estigma.