Cuando el viernes 17 de abril de 2026 entró en vigor un alto el fuego de 10 días que puso fin a semanas de intensos combates entre Israel y Hezbolá, los residentes comenzaron a regresar a ciudades del sur del Líbano, como Nabatiyeh, para encontrarse con una destrucción generalizada. Las calles estaban cubiertas de escombros, cristales rotos y restos de edificios dañados tras los ataques que se prolongaron hasta las últimas horas antes de la tregua.
Las familias comenzaron a llegar esa misma mañana, a pie o en minibús, regresando a barrios que apenas reconocían. Muchos encontraron sus casas arrasadas o calcinadas. Algunos guardaron silencio antes de entrar en lo que quedaba; otros comenzaron de inmediato a limpiar el polvo y los cristales rotos. Algunos comerciantes reabrieron sus negocios donde pudieron, barriendo los umbrales como primer gesto hacia la normalidad, mientras los vecinos rebuscaban entre los escombros en busca de documentos, fotos o cualquier cosa que se pudiera rescatar.
Los residentes describieron cómo trabajaban codo con codo, a menudo con las manos desnudas o con herramientas rudimentarias. A pesar de las paredes agrietadas y el cableado expuesto, algunos optaron por dormir en los pisos dañados, prefiriendo la incertidumbre en casa a tener que desplazarse a otro lugar.
Un hombre que regresaba de Tiro dijo que el alivio superaba la conmoción. "Estar aquí es mejor que quedarme como huésped", comentó, mientras observaba a otros compartir comida, agua y generadores en un esfuerzo silencioso por reconstruir sus rutinas diarias.
Los ataques aéreos alcanzaron Nabatiyeh y zonas aledañas minutos antes de que entrara en vigor el alto el fuego, con el objetivo de impactar áreas cercanas a instalaciones oficiales y de seguridad, incluyendo partes del distrito de Sérail. El momento elegido ha generado críticas, ya que algunos consideran que la tregua se produjo tras una última oleada de bombardeos. Si bien abre la puerta a conversaciones entre Irán y Estados Unidos, su durabilidad sigue siendo incierta.