Unos 100 participantes, en su mayoría hombres con taparrabos blancos y algunas mujeres con túnicas blancas, se metieron en cubas de agua gélida en el patio del santuario.
Tras carreras de calentamiento y cantos a la diosa de la purificación Haraedo no Okami, se echaron agua por encima con cubos de madera, gritando para templar los nervios. Tambores y flautas acompañaron la ceremonia, que cumple 71 años.
El rito hunde sus raíces en las creencias sintoístas de que el rigor físico purifica el espíritu y protege frente a la desgracia. Antes reservado a los miembros del santuario, el acto acepta ya inscripciones del público y este año las plazas se agotaron con rapidez mientras curiosos observaban desde fuera.