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¿Qué le espera a Irán tras las protestas? 5 posibles escenarios del futuro del país

Los iraníes se manifiestan en Múnich con motivo del Día Mundial de Acción
Los iraníes se manifiestan en Múnich con motivo del Día Mundial de Acción Derechos de autor  AP Photo
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Por Alain Chandelier
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Tras el asesinato de miles de manifestantes en Irán y la masiva movilización de la diáspora iraní con motivo del Día de Acción Internacional a través del llamamiento de Reza Pahlavi, la opinión pública se pregunta qué ocurrirá ahora.

¿Qué le espera ahora a Irán tras las protestas masivas y la crisis política? ¿Intervención humanitaria extranjera? ¿Ataque estadounidense? ¿Desobediencia civil? ¿Presión continua de la diáspora sobre los gobiernos occidentales? ¿Fallas en el sistema? Para responder a estas preguntas actuales de la sociedad iraní, no se necesitan predicciones emocionales ni narrativas reducidas a cifras.

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Como demuestra la experiencia de muchos países, el destino de los gobiernos autoritariosno suele estar determinado por un accidente repentino, sino por una combinación de varios factores: el grado de presión social desde abajo, la cohesión o las brechas de poder, la situación económica y la atmósfera internacional.

Al combinar estos factores, se puede trazar una imagen más clara de los caminos que tenemos por delante; caminos y escenarios que tienen su propia lógica y pueden volverse más probables o menos coloridos según los cambios en los equilibrios. Detallamos algunos de ellos.

Escenario 1: Reducción del aparato de seguridad y estabilidad opresiva

En los gobiernos ideológicos que dependen de las fuerzas de seguridad, la supervivencia del sistema depende más que nada de la cohesión del bloque represivo. Cuando las fuerzas de seguridad no son solo instrumentos del poder, sino también beneficiarios económicos y portadoras de la ideología, la probabilidad de que se produzca una ruptura disminuye a corto plazo.

En este contexto, la intensificación de la represión y el control de la información puede atribuirse a la estabilidad represiva, un patrón que se observó en Bielorrusia y que se perpetuó de forma más extrema en el contexto de la guerra civil siria.

Sin embargo, la experiencia de Rumanía en 1989 demuestra que esta cohesión en materia de seguridad puede resultar engañosa hasta el último momento del régimen, pero en cuanto la vacilación alcanza la cúpula de las Fuerzas Armadas y el coste de disparar contra la población supera al de desobedecer, esa estructura rígida puede derrumbarse en cuestión de días, en un colapso repentino y violento.

Por supuesto, la consecuencia de moverse en este escenario no suele ser el colapso inmediato, sino la erosión social, la migración de las élites y la disminución del capital social.

Escenario 2: Fisuras en la gobernanza y transición controlada

Por lo general, el cambio sostenido es posible cuando se crea una brecha dentro de la estructurade poder entre los grupos más veloces y los grupos de rango medio. En tal situación, una parte de la soberanía se reduce a la conclusión de que mantener el 'statu quo' es más costoso que una reforma controlada.

En el contexto de la teoría del Estado rentista, la crisis económica también puede derivar en una crisis en la distribución de rentas; es decir, los recursos que antes se repartían para mantener la lealtad de las redes de poder se reducen y la competencia dentro de la élite se intensifica. Si a esta situación se suma la cuestión sensible de la sucesión en la cúspide de la pirámide del poder, aumenta la probabilidad de negociaciones intrainstitucionales para redefinir las reglas del juego.

El ejemplo clásico de este camino es la transición tras la muerte de Franco en España. Tras la muerte del dictador en 1975, parte de la élite del régimen, en particular el rey Juan Carlos y los reformistas del poder soberano, allanaron el camino para la transición al llegar a un acuerdo político.

Como resultado, en lugar de un colapso violento, comenzó un proceso gradual de reforma política: la legalización de los partidos, la celebración de elecciones y la redacción de la Constitución en 1978. Esta transición no fue el producto de una revolución callejera sin cuartel ni simplemente el resultado de la presión externa; fue el resultado de una combinación de presión social, cambios de cálculo en la cúpula y la existencia de una oposición que pudo participar en la competencia política dentro del nuevo marco.

El patrón español, por supuesto, demuestra que no es posible llegar a un acuerdo en la cúpula sin un mínimo de organización y legitimidad en el exterior. Si no hay una alternativa política coherente, una ruptura en el seno de la soberanía puede llevar a la inestabilidad o a la reproducción del autoritarismo de alguna otra forma.

La experiencia de Chile a fines de la década de 1980 también ofrece otro patrón en este escenario: la oposición pudo abrir el camino para que los militares fueran destituidos del poder aprovechando las pequeñas brechas del personal gobernante y utilizando las urnas (referéndum de 1988). En este modelo, la transición no se produjo mediante la destitución física de los gobernantes, sino mediante la imposición de una hoja de ruta legal a un régimen que había estado sometido a una fuerte presión económica y al aislamiento internacional.

Junto a los modelos mencionados, la experiencia brasileña (1974–1985) ofrece un patrón relevante de transición erosiva. En Brasil, la oposición logró penetrar el proyecto de militarización en las capas internas del Ejército al aprovechar la crisis económica y movilizar a millones de personas en el movimiento por elecciones directas.

Esta experiencia demuestra que las dictaduras militar-económicas no necesariamente colapsan con una explosión repentina, sino que a veces, bajo la presión simultánea de la calle y de las crisis financieras, se ven obligadas a retroceder trinchera a trinchera, siempre que la oposición sea capaz de elevar de forma significativa el coste de la represión para los mandos intermedios de las fuerzas armadas.

La experiencia de Indonesia en 1998 también mostró que, en los sistemas militar-económicos, una crisis financiera puede debilitar el vínculo entre el dictador y el aparato armado. Suharto gobernó este país islámico durante 32 años, apoyándose en el crecimiento económico y en el respaldo militar.

Sin embargo, la crisis monetaria y cambiaria de 1997 evidenció que, una vez agotada la renta económica, el Ejército ya no tenía motivos para mantener su lealtad a la cúspide del poder. En Indonesia, la presión estudiantil y las movilizaciones en la calle se entrelazaron con la crisis económica y, finalmente, los militares, que también eran beneficiarios del sistema, forzaron la dimisión de Suharto para preservar los intereses macro de la institución castrense.

Escenario 3: Presión e intervención externas

La experiencia iraquíes un ejemplo claro de que una intervención militar puede derribar la cúspide de la pirámide del poder en poco tiempo, pero la caída del Gobierno no implica necesariamente la formación de un nuevo orden estable. Tras la invasión de 2003 y la caída de Saddam Hussein, la decisión de disolver el Ejército y aplicar una política de desmantelamiento generalizado desarticuló gran parte de la estructura administrativa y de seguridad del país.

El resultado no fue una transición rápida hacia la estabilidad, sino la creación de un vacío de poder, la proliferación de insurgencias armadas, la intensificación de las fracturas sectarias y, en última instancia, años de violencia e inestabilidad.

Mientras tanto, la experiencia de Egipto también es una advertencia histórica sobre un vacío de poder. La caída de Mubarak demostró que el cambio sin organización y la ausencia de una alternativa política coherente acordada por las élites y la sociedad pueden llevar a la reproducción del autoritarismo o la inestabilidad militares en lugar de a la democracia.

En la literatura sobre el colapso del Gobierno, se hace hincapié en que las instituciones ejecutivas, burocráticas y de seguridad, aunque dependan del Gobierno anterior, son los pilares de la administración cotidiana del país. Su supresión repentina, sin una alternativa preparada, puede llevar al quebrantamiento del orden público. En otras palabras, es más fácil derrocar al Gobierno que reconstruirlo.

Por otro lado, el concepto de intervención humanitaria en el derecho internacional, formulado en el marco de la doctrina de la Responsabilidad de Proteger (R2P), suele implicar la existencia de una crisis humanitaria generalizada, una guerra civil abierta y algún tipo de consenso internacional o, al menos, la ausencia de veto por parte de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Incluso en los casos en que dicha intervención tuvo lugar, como en Libia, su resultado no condujo a una estabilidad duradera y el país se enfrentó a la fragmentación política y a la competencia entre fuerzas armadas rivales.

El conjunto de estas experiencias sugiere que la intervención extranjera, aunque puede alterar rápidamente la ecuación de poder, sin una alternativa institucional coherente, un acuerdo interno sobre el nuevo orden y un plan claro de reconstrucción del Estado, incrementa el riesgo de que una crisis política derive en una inestabilidad prolongada.

Escenario 4: Desobediencia civil y huelgas paralizantes

La investigación teórica sugiere que losmovimientos no violentos, cuando alcanzan un nivel de participación generalizada, pueden erosionar la lealtad de las fuerzas represivas y aumentar considerablemente el costo de administrar el Gobierno. Mediante las huelgas nacionales, la desobediencia administrativa, las sanciones simbólicas y la creación de redes locales de solidaridad, este tipo de movimientos no solo ejercen presión sobre la actividad económica y administrativa, sino que también afectan la confianza y la cohesión dentro de las organizaciones burocráticas y de seguridad.

Un punto de inflexión en esta dirección se produce cuando una parte del aparato de seguridad o de las instituciones gubernamentales se mueve hacia la neutralidad o la aquiescencia a las demandas cívicas; en este punto, el movimiento puede alterar el equilibrio de poder y permitir una redefinición de las reglas del juego. Las experiencias históricas, como las revoluciones no violentas en Serbia y Filipinas, muestran que cruzar un cierto umbral de participación pública puede provocar cambios importantes en la estructura de poder, incluso sin intervención militar.

Porque el verdadero poder de un sistema autoritario reside no solo en las armas, sino también en la obediencia burocrática. Unir a una clase de mandos intermedios y expertos gubernamentales en las filas de los manifestantes paraliza la maquinaria de Gobierno del país desde dentro; lo que ocurrió en los últimos días del Gobierno de Pahlavi en 1957, con las huelgas de los empleados de la compañía petrolera, el banco central, las plantas de fabricación y los medios de comunicación; huelgas y protestas, que, por supuesto, contaron con el apoyo financiero de un grupo de vendedores tradicionales y religiosos.

Sin embargo, el éxito de estos movimientos requiere organización, persistencia y la capacidad de ampliar la participación a los estratos medios y a los empleados de los sectores críticos. Sin estos elementos, incluso los movimientos callejeros generalizados pueden llevar a la represión, a la erosión de la energía social o a la retirada temporal de la arena pública sin producir un cambio duradero en el poder.

Además, la presencia dominante de empresas y fuerzas de seguridad afiliadas al Cuerpo de La Guardia Revolucionaria Islámica(IRGC) en sectores sensibles de la economía iraní ha hecho que sea muy difícil llevar a cabo una huelga paralizante en Irán.

Escenario 5: Diáspora y deslegitimación internacional

La diáspora puede desempeñar un papel clave en la política transnacional: desde ejercer presión en parlamentos y gobiernos extranjeros hasta moldear la opinión pública internacional e impulsar sanciones selectivas contra las instituciones económicas y políticas vinculadas al Gobierno.

La experiencia de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica demostró que la presión constante y sostenida de la diáspora y de las campañas internacionales podía aumentar de forma tangible el coste de supervivencia del régimen, reducir su credibilidad internacional y, en última instancia, sentar las bases para un cambio nacional.

En la era de la transición, internet no es solo una herramienta de información, sino también un campo de batalla para erosionar la hegemonía propagandística del Gobierno. La capacidad de la diáspora y de la oposición en el exterior para contrarrestar la maquinaria propagandística y presentar una imagen sólida y coherente del orden posterior a la caída del régimen desempeña un papel crucial a la hora de atraer a sectores vacilantes, incluidos cuadros intermedios y actores institucionales, hacia un nuevo proyecto de gobernanza.

Sin embargo, las teorías de la transición política y los estudios comparativos subrayan que la presión externa, en ausencia de divisiones internas y de una movilización social amplia, rara vez conduce a un cambio duradero. La diáspora puede elevar los costes políticos en el plano internacional, pero el principal motor del cambio sigue estando dentro del país; es decir, en la combinación de desobediencia civil, organización de la oposición y un debilitamiento relativo de la lealtad de las élites y de las fuerzas de seguridad.

Por esta razón, cuando las presiones internas y externas convergen, aumentan las probabilidades de un cambio estructural real; de lo contrario, el régimen puede recurrir a estrategias represivas para retrasar o desviar el proceso de transición.

El modelo único de Irán: ¿Qué sostiene su fortaleza?

Lo que distingue el destino del cambio en Irán de muchos ejemplos históricos es la compleja interacción de las características estructurales con las variables que definen el campo.

Como estado ideológico desde el punto de vista religioso, la República Islámica tiene una estructura electoral y electoral de dos niveles, en la que las instituciones subordinadas y conciliadoras han construido para sí mismas múltiples niveles de defensa contra la presión social.

En este sistema, la lealtad de las fuerzas de seguridad no es solo un asunto doctrinal, sino más bien una forma de supervivencia económica compartida debido a la presencia masiva de los agentes de la Guardia en las arterias económicas. Sin embargo, cualquier vacilación o división en este bloque de poder, afectado por la crisis de sucesión o la erosión de las rentas estatales, podría crear un punto de inflexión en el equilibrio de poder. De hecho, la crisis monetaria y la inflación han dañado no solo los medios de subsistencia de las personas, sino también la capacidad de redistribuir las rentas para mantener la lealtad de las redes eléctricas.

Aunque elférreo control informativoy la presencia militar en la economía dificultan organizar huelgas paralizantes, la formación de coaliciones sociales pone a prueba la capacidad del sistema para asegurar la obediencia burocrática. Cuando estudiantes, trabajadores, gremios y, especialmente, la clase media directiva convergen, el coste de gobernar se dispara y ya no puede gestionarse únicamente mediante la represión.

Uno de los mayores obstáculos en los regímenes con múltiples niveles es el miedo al vacío de poder que la soberanía consciente elude. Por lo tanto, la cohesión de la oposición y el papel complementario de la diáspora son importantes más allá del simple cabildeo. Lo que pesa la balanza a favor del cambio no es solo la intensidad de la ira pública, sino la provisión de una alternativa política creíble. Establecer un consejo de transición o un gobierno de transición transparente, proporcionando una hoja de ruta detallada para la caída del Gobierno mañana, puede convencer a las élites indecisas y a los estratos grises de que el coste del cambio es inferior al coste de mantener el 'status quo'.

A diferencia de los modelos simples, la presión externa sobre Irán está atrapada en una red de grandes potencias que compiten entre sí y por consideraciones de seguridad regional. Sin embargo, el entorno internacional actúa como una variable aceleradora. La convergencia de la presión diplomática con la deslegitimación provocada por la actividad continua de la diáspora podría colocar al soberano en una posición de cuello de botella estratégico. Una situación en la que cualquier acción del régimen, ya sea una mayor represión o una retirada, conduciría a un colapso precipitado.

¿Qué escenario es más probable?

La República Islámica de hoy se encuentra en medio de una crisis múltiple. Si bien la maquinaria represiva del Gobierno sigue activa, la erosión de la legitimidad nacional y el aislamiento internacional sin precedentes están llevando al régimen a una obstrucción total.

Así que la respuesta a la pregunta "qué podemos esperar?" no depende de un solo factor, sino de una interacción multifactorial: la intensidad y persistencia de la desobediencia civil, la cohesión y planificación de la oposición, la profundidad de la crisis económica y, sobre todo, el comportamiento de las fuerzas de seguridad. Las experiencias de Rumanía, Indonesia, España, Libia y Serbia aportan piezas del rompecabezas, pero no existe una versión prefabricada para el futuro de Irán, que en última instancia dependerá de la confluencia entre estructura y acción.

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