Robar patatas fritas podría ser consecuencia del conocido efecto del fruto prohibido, cuando nos dicen que algo está vetado, se vuelve de inmediato más valioso y deseable.
Para algunos, las patatas fritas podrían considerarse el lenguaje universal del amor. A casi todo el mundo le gustan, son ese tipo de comida que une a la gente en un feliz vínculo de dorada grasa. Salvo, claro está, cuando alguien decide robar patatas.
Todos hemos pasado por eso. Uno se pide una buena ración de patatas fritas después de que su acompañante le haya asegurado con total convicción que no le apetecen, que con la ensalada tiene suficiente. Le preguntas si está seguro. Dice que sí. Pero en cuanto llegan las patatas fritas, su aura de santidad se desvanece.
Primero llega la petición inocente de "solo una". Luego caen un par más. Cuando uno quiere darse cuenta, vuelve del baño y el bol está casi vacío, apenas quedan unas pocas patatas blandas y rezagadas. Unos investigadores de la Academia Médica de Rusia decidieron estudiar por qué persiste esta tentación de robar patatas fritas y si "la transgresión moral puede aumentar el placer gustativo".
El placer de lo prohibido
Para llevar a cabo el estudio, publicado en la revista 'Food Quality and Preference', los investigadores sirvieron a cada uno de los 120 participantes la misma ración de patatas fritas, primero directamente y después como si fuera una invitación de otra persona.
Por último, se les pidió que robaran patatas fritas a escondidas a otros participantes, en situaciones de mayor y menor riesgo. A continuación, los participantes tuvieron que valorar lo ricas que estaban las patatas en una escala del uno al nueve, y las robadas fueron, en conjunto, las que obtuvieron las mejores notas.
Curiosamente, cuanto mayor era el riesgo de ser descubiertos, mayor era el subidón provocado por las patatas fritas, de modo que las robadas obtenían un 40% más en sabor, textura crujiente y punto de sal que las servidas directamente. Según los propios participantes, la mezcla de emoción y culpa por colarse con las patatas fritas prohibidas hacía que devorarlas resultara mucho más emocionante.
Los resultados también podrían relacionarse con la llamada mentalidad de escasez, que describe cómo nuestro cerebro se vuelve más ansioso y temeroso cuando percibe que falta algo, lo que nos hace más competitivos e impulsivos. Ocurre lo mismo con cualquier cosa prohibida. Es el conocido efecto del fruto prohibido, cuando nos dicen que algo está vetado, se vuelve de inmediato más valioso y deseable.
Estudios anteriores han comprobado que la mentalidad de escasez también puede reducir nuestra capacidad de empatizar con el dolor de los demás, o en este caso, con su irritación.
Los autores del estudio señalan que sus hallazgos amplían "nuestro conocimiento sobre cómo las transgresiones cotidianas activan los circuitos de recompensa" y aportan nuevas claves sobre la psicología del comportamiento y los procesos mentales que están detrás de nuestros hábitos alimentarios. Y aunque difícilmente logrará que nadie deje de robarte las patatas fritas, al menos los culpables ya tienen una buena excusa para la próxima.