Incautadas en 2011 en tres contenedores procedentes de China, cerca de 38.000 pares de zapatillas falsificadas se destruyeron en El Havre tras quince años de batalla judicial, una operación excepcional que evidencia la magnitud del tráfico de falsificaciones en Francia.
En cajas almacenadas en un lugar secreto en El Havre, casi 38.000 pares de zapatillas falsificadas llegadas de China en 2011 esperaban su destino. Porque detrás de estos zapatos se esconde uno de los procedimientos más largos que las Aduanas han tenido que gestionar.
Tras quince años de batalla judicial, el importador francés fue finalmente condenado en diciembre de 2025 a una multa aduanera de 1,56 millones de euros, 260.000€ por blanqueo aduanero, así como a tres años de prisión, de los cuales dos en suspenso.
Los agentes de aduanas de El Havre podrán por fin pasar página y también hacer sitio en su almacén.
Según Anthony, un agente de aduanas que trabaja en este recinto, la falsificación "es un verdadero problema, un auténtico azote, porque cualquier producto puede ser objeto de copias. Los productos de lujo, en particular los de las grandes marcas francesas, pero también los productos de consumo cotidiano, los jabones, los champús y, sobre todo, los juguetes, que están muy de moda y pueden falsificarse casi al instante".
¿Había que destruir estos productos o se les podía dar una segunda vida?
En El Havre, principal puerto de contenedores de Francia, las incautaciones de productos falsificados son, sin embargo, muy habituales. Zapatos, ropa, juguetes, productos tecnológicos o incluso piezas de automóvil, todo puede copiarse y revenderse a precio de oro.
El año pasado se incautaron en Francia más de 20 millones de productos falsificados, de ellos cerca de 1,2 millones en El Havre. Un tráfico muy lucrativo que atrae cada vez más a las redes criminales organizadas.
Para las Aduanas no hay dudas, estas mercancías no pueden revenderse ni redistribuirse. La ley lo prohíbe. Una vez incautadas, se destruyen sistemáticamente para evitar que vuelvan a los circuitos comerciales.
Este debate reaparece periódicamente, por un lado la destrucción de miles de zapatos sorprende o indigna a quienes la ven como un enorme despilfarro frente a la precariedad y, por otro, las Aduanas recuerdan que estas falsificaciones, a menudo no conformes con las normas de seguridad, pueden contener materiales tóxicos o peligrosos.
La operación de destrucción se llevó a cabo el pasado tres de junio en la ciudad portuaria, en un centro especializado que trabaja bajo contrato con las Aduanas.
En muy poco tiempo, dos grúas móviles recogieron y aplastaron las zapatillas con sus garras antes de arrojarlas a una trituradora. Los fragmentos despedazados que salgan de allí serán posteriormente incinerados o reciclados.
Según Stéphane Peterson, director regional en UNIFER Environnement, responsable de estas operaciones, "este montón de residuos al final de la operación puede tener varios destinos; en este caso concreto se optará por una valorización mediante incineración, realizada en colaboración con un socio local. En otras circunstancias, también se puede tratar este tipo de residuos para producir un combustible sólido, con un poder calorífico muy elevado, que alimentará principalmente las calderas de las cementeras".
Un destino muy inesperado para estas zapatillas llegadas de China, tras quince años de espera su última etapa no ha sido una tienda ni un armario, sino una trituradora industrial.